El Vestuario
Paco (un tanto obeso) discute a gritos con Luis (bien parecido) ya que éste se pasa el día dando consejos sobre casi todo. Paco está harto de la displicencia de Luis y la bronca discurre sobre el significado de «lo hago por tu bien», que, obviamente, esconde ponerse en un lugar superior. Son muy amigos, pero Paco no soporta las charlas de Luis. La vida es para disfrutarla, piensa.
Al día siguiente, Luis se vengará en el mismo vestuario, ilustrándole sobre el efecto de “los grados de separación”. Le tratará de convencer de que, si él engorda, muchos le seguirán y que, como si se tratara de un virus, los amigos de sus amigos acabarán engordando a su vez. Ya no es “por su bien”, sino “por el bien de todos”.
La historia cambiará de dirección cuando, en el vestuario, un nuevo cliente, Antonio, aparezca. Esta será la excusa para que Luis y Paco cambien de equipo y ambos intenten afirmar o negar esta teoría en las pobres carnes de un tercero que, al parecer, guarda una relación lejana con ambos.
En un tono de comedia similar a referencias como “La cena de los idiotas” de Francis Veber o “Arte” de Yasmina Reza, esta comedia transcurre en un vestuario, donde el continuo vestirse y desvestirse para jugar al pádel o para enfadarse y abandonarlo será un elemento que, sin duda, dinamizará la discusión.
El autor
Un buen día, acostumbrado a saber más que nadie de casi todo, me encontré en el vestuario con que , un compañero de gimnasio que apenas conocía, iracundo y, de forma inesperada, me abroncó cuando intentaba darle uno de mis consejos, en este caso, sobre cómo afrontar una lumbalgia. Una bronca fuera de toda proporción.
Venía de darse un masaje redentor y de informarme con entusiasmo sobre las virtudes de la kinesiología.
Me quedé mudo. Me dijo de todo: “engreído” o “sabelotodo”, “¿quién te crees que eres?” fueron los calificativos más cariñosos con los que adornó tal alboroto. Insisto en que apenas nos conocíamos.
¿Se sentía de menos cuando un servidor le daba consejos? O, al contrario, tenía un ego descomunal muy poco acostumbrado a que alguien le llevara la contraria. ¿Era un PAS, es decir, una persona altamente sensible? ¿Tenía el mismo número de Eneagrama que yo, un uno, un perfeccionista? O, más bien, mi frase categórica de «esos masajes no sirven para nada” fue una grosería capaz de desencadenar justificadamente aquella trifulca. Nunca lo supe.
Pasé varios días sin aparecer por aquel gimnasio. Fueron unos días horribles en los que intentaba esforzarme por no sentirme culpable; así somos los perfeccionistas cuando consideramos que algo hemos hecho mal. Al mismo tiempo, me esforzaba por convencerme de que “dar consejos por el bien del otro” nunca podía ser motivo de reproche.
Esta comedia teatral parte de ahí: Luis, después de una bronca inesperada de su amigo Paco decide pasar al ataque. Sus consejos y opiniones no son por el bien de Paco; son por el bien de todos, refiriéndose a todo un entorno cercano y no tan cercano. Y se dispone a demostrarlo en las carnes de un tercero.